EUTANASIA Cuando el supuesto es el fin bueno

ÍNDICE

1. Introducción
2. Situación cultural
3. El supuesto del fin bueno
4. La pendiente resbaladiza
5. Hacia una bioética enraizada en la verdad
6. Dignidad humana y final de vida
7. El camino de la proporcionalidad terapéutica: el bien morir
8. Preguntas frecuentes en el accionar médico concreto
9. Cultivar la derrota: la eutanasia
10. Dolor y trascendencia
11. Medicina y re-significación
12. Reflexiones conclusivas
13. Bibliografía

  1. Introducción

El contexto cultural actual presenta como una más de sus tantas  manifestaciones de desvalorización de la vida la deshumanización ante la muerte. Se busca instalar en la sociedad la necesidad de la eutanasia argumentando que anticipar la muerte tiene un fin piadoso.

Dentro de un marco referencial que considera al hombre como valor absoluto e intangible se tratará de dilucidar las siguientes cuestiones:
¿Cuál es el verdadero bien para el hombre en la etapa final de la vida?
¿Qué tipo de medicina es la que puede dar una respuesta integral a sus necesidades?
¿Qué medios asistenciales son considerados adecuados para la atención del muriente?
¿Se le debe decir a éste la verdad?
¿Es lícito por parte de la persona del paciente solicitar la supresión de su vida?
¿Es lícito que el equipo de salud participe en la eliminación de la vida humana?
¿Es lícito  por parte del estado autorizar la supresión de la vida de las personas enfermas?
Y en último lugar, ¿tiene algún sentido para el hombre el dolor y el sufrimiento?

  1. Contexto cultural actual

 

La instalación de la eutanasia es un signo del cambio del pensamiento humano, en el cual el hombre adopta una posición en la que prevalece en forma primordial la autonomía. Este cambio individual se manifiesta luego como un pedido de la sociedad y por último se intenta tener un aval jurídico.

No se puede desconocer que con la era industrial, cuyo objetivo era el mayor rendimiento productivo, el hombre se transforma en un bien utilitario. Para ello es necesaria su desvalorización de manera tal que al desconocer su esencia se pueda disponer del mismo con un fin productivo. Si se deshumaniza al hombre éste se transforma tan sólo en un medio, cuya vida pasa a tener un valor relativo y cuya muerte, -que en última instancia es un acontecimiento natural- pasa a ser una circunstancia también menor.

“La eutanasia, como huida del dolor y de la agonía, se efectúa primero en el espíritu y, luego, en la sociedad y en el derecho.” [1]

En la actualidad, las corrientes ideológicas que pregonan la instalación de la eutanasia en el pensamiento de la sociedad no se limitan a ello sino que buscan activamente su legalización. El contexto ético cultural del cual se nutren coincide con el que pregona la legitimación del aborto.

“Pero hay un aspecto nuevo y peculiar -y si se quiere, más terrible- en la campaña que defiende la legitimación de la eutanasia: el constituido por el potencial de implicación social y personal, que es enormemente más amplio de lo que podría parecer, por lo menos en sentido inmediato, en comparación con la legalización del aborto. El hecho del aborto puede ocurrirle a alguno, la muerte es el destino de todos.” [2]

            Tanto en el aborto como en la eutanasia el argumento coincide, ya que  se observa que es la autonomía el criterio adoptado como fundamentación de ambos. El ser humano se transforma desde esta visión en el dueño absoluto de su cuerpo y de su vida teniendo potestad ilimitada sobre los mismos. En realidad, el ejercicio de la autonomía es valioso siempre y cuando la misma esté supeditada a hacer el bien y evitar el mal o mejor aún, a la búsqueda del bien integral de la persona humana. Ciertamente no es este el caso de ninguno de los ejemplos dados. Lo que subyace en el pedido de supresión de vidas humanas concretas es el poder del hombre sobre el hombre. Mientras unos ejercen el poder y la autoridad, otros caen en una categoría de inferioridad y de instrumentación -por supuesto bajo la argumentación del supuesto de la piedad-.

La Declaración sobre la Eutanasia (iura et bona) del 5 de mayo de 1980, de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe define a la eutanasia de la siguiente manera:

“Por eutanasia se entiende una acción o una omisión que por su naturaleza, o en la intención, causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor.” [3]

La carta encíclica Evangelium vitae de Juan Pablo II también hace mención a esta definición (n.65).

  1. El supuesto del  fin bueno

          
De esta definición de eutanasia se pueden analizar al menos dos conceptos, por un lado el de la intencionalidad de los actos y por otro lado el análisis del fin con que los mismos se realizan, en este caso eliminar el dolor. Desde la ética un fin bueno no justifica la utilización de un medio que sea moralmente ilícito.

           Es difícil en ciertas ocasiones precisar cuáles son realmente procedimientos que revisten el carácter de eutanásicos pero desde esta definición tenemos la respuesta: es la intencionalidad de la acción lo que da la impronta de un acto como eutanásico.

           El ser humano actúa movido interiormente por una intención. La acción moralmente ética es aquella que no sólo se pregunta, el para qué del acto, sino, el qué del mismo: ¿qué se está haciendo?

¿Cuál es el para qué del acto médico? Si es el alivio del sufrimiento humano éste es en sí un fin moralmente bueno.

Pero el médico también se debería preguntar “¿qué es lo que estoy haciendo?”. Si en la intención busca deliberadamente ocasionar la muerte, se está en presencia de un acto eutanásico y moralmente ilícito.

La intencionalidad en el proceder médico es la bisagra entre la licitud y la ilicitud moral del acto.
“En nuestra cultura tecnológica e individualista, la compasión no siempre es bien vista; en ocasiones, hasta se la desprecia porque significa someter a la persona que la recibe a una humillación. E incluso no faltan quienes se escudan en una supuesta compasión para justificar y aprobar la muerte de un enfermo. Y no es así. La verdadera compasión no margina a nadie, ni la humilla, ni la excluye, ni mucho menos considera como algo bueno su desaparición. La verdadera compasión, la asume. Ustedes saben bien que eso significaría el triunfo del egoísmo, de esa «cultura del descarte» que rechaza y desprecia a las personas que no cumplen con determinados cánones de salud, de belleza o de utilidad. A mí me gusta bendecir las manos de los médicos como signo de reconocimiento a esa compasión que se hace caricia de salud”. [4]

  1. La pendiente resbaladiza

        
            Es importante aclarar que ya no se habla solamente de eutanasia en el caso de pacientes considerados en la fase final de la enfermedad, sino que se incluyen progresivamente otras condiciones; por ejemplo el caso de recién nacidos afectados de graves deficiencias, a los cuales no se les suministra alimentación ni hidratación. También se encuentran pacientes con enfermedad psiquiátrica, se incluye hasta a personas afectadas por una depresión severa. Otro caso es el de los pacientes con padecimientos neurológicos de discapacidad progresiva, los pacientes en el llamado estado vegetativo, etc. En síntesis, la lista se hace cada vez más cuantiosa.

Como se puede apreciar, cuando se abre la puerta de la desvalorización de la persona humana se cae paulatinamente en una pendiente resbaladiza.

La vida humana es sagrada e inviolable en  todas sus fases y circunstancias por ser la vida de una persona hecha a imagen y semejanza de Dios, San Juan Pablo II en la Carta Encíclica Evangelium vitae se refiere a la indivisibilidad de la misma:

“El servicio de la caridad a la vida debe ser profundamente unitario: no se pueden tolerar unilateralismos y discriminaciones, porque la vida humana es sagrada e inviolable en todas sus fases y situaciones. Es un bien indivisible. Por tanto, se trata de hacerse cargo de toda la vida y de la vida de todos. Más aún, se trata de llegar a las raíces mismas de la vida y el amor.” [5]

 

  1. Hacia una bioética enraizada en la verdad

La bioética tiene que fundamentarse en la verdad objetiva, y esta verdad es universal; por lo tanto si se realiza un análisis desde la razón tendría que haber convergencia entre las diferentes visiones. La verdad es que el valor hombre es absoluto e intangible.

En las corrientes materialistas se niega la visión metafísica y ontológica del hombre: el hombre es un objeto. Por el contrario, en la concepción personalista del hombre se acepta el límite del tiempo y la mortalidad de la vida biológica, pero se supera el horizonte del individualismo y se reconoce el valor objetivo trascendente de la persona.

“Como se ve, no hay alternativas: o se acepta una visión creacionista o, al menos, personalista del hombre y, entonces, el valor hombre es absoluto e intangible, o se acaba en una visión inmanentista (el hombre dueño del hombre/ el Estado dueño del hombre) y, entonces, no sólo se abre la puerta a la esterilización, sino también al derecho al suicidio, a la eutanasia, a la justificación del homicidio voluntario, del aborto y de todo tipo de violencia.” [6]

Entonces, ¿Qué tipo de medicina será la que brinde realmente los cuidados integrales al sufriente?

Sólo una medicina enraizada en la verdad y que reconozca todo el valor de la dignidad humana podrá dar una respuesta integral.
“Hay un aspecto aún más profundo que acentuar: la libertad reniega de sí misma, se autodestruye y se dispone a la eliminación del otro cuando no reconoce ni respeta su vínculo constitutivo con la verdad. Cada vez que la libertad, queriendo emanciparse de cualquier tradición y autoridad, se cierra a las evidencias primarias de una verdad objetiva y común fundamento de la vida personal y social, la persona acaba por asumir como única e indiscutible referencia para sus propias decisiones no ya la verdad sobre el bien o el mal, sino sólo su opinión subjetiva y mudable o, incluso, su interés egoísta y su capricho.”[7]

  1. Dignidad humana y final de vida

 
Se puede decir que todo ser humano por el hecho de pertenecer a la especie humana posee ciertos derechos. Dentro de estos se encuentran el derecho a la vida, a la integridad y a la posibilidad de acceder a una asistencia médica adecuada. Una bioética basada en el respeto de los derechos humanos puede  ser un lugar de encuentro para todos aquellos que tienen por objetivo reflexionar sobre cuestiones referidas al cuidado del hombre. Expresado de una forma sencilla: “si el otro es un ser humano, y por lo tanto un igual a mí, gozará de mis mismos derechos”. Desde esta perspectiva, no se puede sino respetar los derechos humanos de forma universal.

Si se profundiza más en la cuestión y se analiza desde el concepto de persona humana las conclusiones serán más enriquecedoras, y darán una respuesta que nos acerque más al bien integral del hombre. Cuando se piensa en el concepto de persona humana inmediatamente se lo relaciona con el de dignidad humana.
¿Qué se entiende por dignidad humana?
¿Es tan sólo una construcción cultural?
Éste no es un tema menor ya que el marco referencial de la bioética personalista es la dignidad humana. Existe el concepto de que la dignidad humana es un atributo, algo que en forma circunstancial se puede poseer o que por el contrario, se puede perder y padecer de situaciones en que el ser humano es considerado indigno. En realidad, este es un concepto equivocado, ya que la dignidad es inherente a la persona y radica en su constitución esencial, en aquello que es exclusivamente propio del ser persona.

Se puede preguntar ¿qué caracteriza a la persona?  ¿Cuál es la esencia de su realidad objetiva? Como esencia se entiende a aquello que la define universalmente, y que está presente en todas las personas, independientemente de sus notas circunstanciales. La persona está constituida por un cuerpo y un alma de naturaleza espiritual, pero lo que justamente constituye la esencia de esa realidad es la unidad sustancial en que esos principios -el cuerpo y el alma- se encuentran unidos. El concepto de persona ha sido definido desde la filosofía como “unidad sustancial de naturaleza racional”. De esta definición dada por el filósofo y teólogo cristiano Boecio (480-524 d.C.), se pueden extraer las características principales de la persona humana: la sustancialidad, la individualidad y la racionalidad. Estas propiedades que la definen son de suma importancia al realizar el análisis bioético de los problemas que afectan a los seres humanos.

La sustancialidad se refiere a la forma indisoluble y exclusivamente propia del hombre en que los dos principios, (cuerpo y alma) se encuentran unidos, de forma tal que presentan una dimensión distinta y mayor que la mera suma, adquieren en esa forma justamente el ser persona. La individualidad se refiere al ser completo en sí mismo, a la existencia del ser de la persona en esa unitotalidad de cuerpo y alma. Y por último, la racionalidad como la capacidad de interrogarse sobre el ser de las cosas, el hombre es el único ser capaz de reflexionar sobre sí. Esto corresponde constitucionalmente a la persona, aunque alguna vez, esta facultad no pueda ser expresada.

Por lo tanto, y a partir del aporte de esta corriente filosófica, se puede concluir que en esa sustancialidad –unión única, irrepetible e indivisible- radica la dignidad de la persona humana. Toda persona por su misma esencia es digna y es imposible que otro ser humano pueda alterarla. La dignidad humana es un bien inherente al hombre, indivisible e intransferible.

La mirada desde la fe le da el valor de la trascendencia a esta visión de la persona humana al iluminar la razón desde otra dimensión y preguntar dónde es que radica la dignidad humana. El hombre es creado desde el amor del Padre a su imagen y semejanza. Es en la esencia del alma espiritual donde la imagen del Padre se encuentra presente. La bondad, la piedad, el amor, la paciencia, el perdón, la justicia, la prudencia… son los dones de Dios que quedaron guardados en el corazón del hombre. Pero además existe otra fundamentación de la dignidad del hombre y es su vínculo creacional, su origen desde el amor de Dios. Ahora bien, el hombre no es sólo creado desde el amor del Padre, sino que tiene también como fin el retorno a esa Casa. En el hecho de ser creado a imagen y semejanza de Dios y en el vínculo ontológico de origen y de fin que lo une con el Creador, radica la dignidad del hombre y en esa visión divina no existen saltos en el valor de la misma. Desde el amor del Padre todos los seres humanos son iguales en dignidad.

“El amor de Dios no hace diferencia entre el recién concebido, aún en el seno de su madre, y el niño o el joven o el hombre maduro o el anciano. No hace diferencia porque en cada uno de ellos ve la huella de su imagen y semejanza (cf. Gn 1,26). No hace diferencia, porque en todos ve reflejado el rostro de su Hijo unigénito, en quien nos ha elegido antes de la creación del mundo (…) eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos (…) según el beneplácito de su voluntad.” (Ef 1,4-6). [8]

  1. El camino de la proporcionalidad terapéutica: el bien morir

 

La Organización Mundial de la Salud definió a la salud como: “el estado de completo bienestar corpóreo, mental y social, y no sólo la ausencia de enfermedades”. San Juan Pablo II profundiza aún más en este concepto, y muestra que la salud es un estado de armonía profunda y plena, de las esferas física, psíquica, espiritual y social, y no sólo la exclusión de patologías. Al romperse este equilibrio dinámico acontece la enfermedad. Entonces, el abordaje terapéutico deberá contemplar la complejidad de las dimensiones intervinientes teniendo en cuenta que el paciente lejos de ser una figura pasiva participará de  todo el proceso.  

 

“La visión cristiana del hombre contrasta con una noción de salud reducida a pura vitalidad exuberante, satisfecha de la propia eficiencia física y absolutamente cerrada a todo consideración positiva del sufrimiento. Dicha visión, descuidando las dimensiones espirituales y sociales de la persona, termina por perjudicar su propio bien. Precisamente porque la salud no se limita a la perfección biológica, también la vida vivida en el sufrimiento ofrece espacios de crecimiento y autorrealización, y abre el camino al descubrimiento de nuevos valores. Esta visión de la salud, fundada en una antropología respetuosa de la persona en su integridad, lejos de identificarse con la simple ausencia de enfermedades, se presenta como aspiración a una armonía más plena y a un sano equilibrio físico, psíquico, espiritual y social. Desde esta perspectiva, la persona misma está llamada a movilizar todas las energías disponibles para realizar su propia vocación y el bien de los demás.”  [9]

Como ya se ha expresado la medicina se orientará a la búsqueda de la verdad objetiva y esto significa que el fundamento de su atención es la persona misma en su realidad integral. La implementación de los procedimientos médicos se debe realizar luego de un cuidadoso análisis de la situación concreta del paciente, y teniendo en cuenta que la misma comprende también su realidad subjetiva. La actuación médica implica todo un proceso de reflexión, que no es sólo técnico, sino que incluye también una valoración moral.

El marco referencial de la asistencia médica es siempre la dignidad de la persona, que se expresa a través del respeto del bien primario de la vida humana y del servicio a su integridad.

En la situación concreta de requerirse la aplicación de medidas terapéuticas, existe una forma de realizar el análisis de la misma de forma tal que además del proceder técnico-científico, se incluya el análisis ético.

Las etapas de la valoración ética son en primer lugar; el análisis de la proporcionalidad técnico-médica, luego el análisis de la ordinariedad  desde la subjetividad del paciente y por último, se realizará la síntesis clasificatoria, que permitirá llegar al juicio ético que guiará la praxis operativa, o sea el accionar terapéutico en forma específica.

Etapas de la valoración ética:

1°  Análisis de la proporcionalidad técnico-médica.
2°  Análisis de la ordinariedad  desde la subjetividad del paciente.
3°  Síntesis clasificatoria: juicio ético que guiará el accionar profesional.

Se considera que una acción médica es proporcionada en la medida de que ésta sea “adecuada” a la realidad clínica del paciente y en función de la obtención de  un objetivo terapéutico  preestablecido.
Existen criterios de evaluación para el momento de determinar si un procedimiento es médicamente proporcionado, como son por ejemplo: la disponibilidad en la práctica del medio en cuestión, la posibilidad técnica de la implementación del mismo, la expectativa real de resultados terapéuticos, la presencia o no de efectos colaterales como también de riesgos posibles para la vida y la integridad física del paciente, y finalmente, la alternativa de utilizar otras terapias.

La evaluación de la ordinariedad de un medio se realiza desde la visión subjetiva del propio paciente. Se considera que un medio es ordinario cuando desde la subjetividad del paciente éste lo considera como una posibilidad concreta tanto en el plano físico como moral. Por el contrario, un medio es considerado extraordinario cuando el medio a utilizar en esa circunstancia es vivenciado como un esfuerzo que excede ampliamente su capacidad humana actual para sobrellevarlo. Son ejemplos de lo que puede constituir a la extraordinariedad de un medio el grado elevado de intensidad del dolor físico, el alto riesgo para la vida y la integridad, el bajo índice de resultados dentro del contexto global de la enfermedad y en última instancia, la imposibilidad práctica de su aplicación.

En función de la proporcionalidad técnico-médica y de la ordinariedad, los medios del accionar médico se clasifican en:

1. Medios proporcionados y ordinarios
2. Medios proporcionados y extraordinarios
3. Medios desproporcionados y ordinarios
4. Medios desproporcionados y extraordinarios

Desde el punto de vista ético el empleo de un medio de accionar médico se puede enmarcar en tres situaciones tipo morales:

1. Obligatoriedad
2. Facultatividad
3. Ilicitud

De este modo los medios proporcionados y ordinarios son obligatorios, los medios médicamente proporcionados y extraordinarios son considerados facultativos en su aplicación y finalmente, los medios que se interpreten como desproporcionados en función de la realidad clínica del paciente son ilícitos en cuanto a su implementación, y esto es así, independientemente de ser considerado ordinario o no por parte del paciente, ya que no corresponde la aplicación de un procedimiento que no tenga por objetivo propiciar un bien terapéutico genuino a la persona del paciente.

Una excepción de lo último expuesto es la circunstancia en que el propio enfermo solicite la utilización de un medio considerado técnicamente desproporcionado con el fin de cumplimentar por su parte lo que considera una obligación moral. En este caso, ese medio puede ser implementado hasta cumplimentar ese objetivo superior de naturaleza espiritual. Por último, se aclara que la relación que se debe establecer entre los integrantes del equipo asistencial y el paciente, debe caracterizarse por la reciprocidad en el respeto de sus respectivas autonomías de conciencia.

  1. Preguntas frecuentes en el accionar médico concreto

 

Se presentan a continuación algunas preguntas y correspondientes reflexiones, las cuales surgen al realizar la asistencia concreta de pacientes en el final de vida.

 

  1. ¿Qué tipo de medicina se les debería brindar a los pacientes?

            Se debería asistir a los pacientes con una  medicina cuya fundamentación sea la verdad objetiva y que por lo tanto respete la sacralidad de la vida y la dignidad humana.
2) ¿Qué tipo de medios terapéuticos se deberían utilizar?
Se debería utilizar medios proporcionados a la realidad clínica de la persona del paciente y considerados ordinarios desde la subjetividad de la misma.
3) ¿Se le debe comunicar la verdad de su enfermedad al paciente?
Sí, es un derecho del paciente conocer la verdad. Es un tiempo sumamente valioso para resolver situaciones personales y para preparase espiritualmente.
4) ¿Cómo se comunica la verdad al paciente?
En un primer momento correspondería escuchar las inquietudes del paciente y en función de ello la comunicación será un proceso gradual, prudente y, fundamentalmente, proporcionado.
5) ¿Qué se entiende por obstinación terapéutica?
También conocida como encarnizamiento o ensañamiento terapéutico, se refiere a la utilización de medios desproporcionados, que lejos de mitigar el dolor hacen más penosa y prolongada la agonía. Esto lleva a que su implementación sea moralmente ilícita.
La renuncia a la implementación de medios desproporcionados -que corresponden a un encarnizamiento terapéutico-  no implica estar realizando una eutanasia por omisión.
“De ella debe distinguirse la decisión de renunciar al llamado ensañamiento terapéutico, o sea, intervenciones médicas ya no adecuadas a la situación real del enfermo, por ser desproporcionadas a los resultados que se podrían esperar, o bien por ser demasiado gravosas para él o su familia. En estas situaciones, cuando la muerte se prevé inminente e inevitable, se puede en conciencia renunciar a unos tratamientos que procurarían únicamente una prolongación precaria y penosa de la existencia, sin interrumpir sin embargo, las curas normales debidas al enfermo en casos similares. 
Ciertamente existe la obligación moral de curarse y de hacerse curar, pero esta obligación se debe valorar según las situaciones concretas, es decir, hay que examinar si los medios terapéuticos a disposición son objetivamente  proporcionados a las perspectivas de mejoría. La renuncia a medios extraordinarios o desproporcionados no equivale al suicidio o a la eutanasia; expresa más bien la aceptación de la condición humana ante la muerte.” [10]  
6) ¿Es correcto hablar de muerte digna?
En realidad no, porque siempre la persona muere dignamente ya que la dignidad es un bien inherente a la misma, lo que se tiene que buscar es que todos tengan la oportunidad de morir asistidos, cuidados, en compañía de los seres queridos, en paz y serenamente. En síntesis, que todas las personas tengan acceso a una asistencia adecuada a su realidad. Pero si así no lo fuera, la muerte igual seguiría siendo digna porque es la muerte de una persona.

7) ¿Qué se entiende por cuidados paliativos?
Son cuidados asistenciales proporcionados y considerados ordinarios desde la perspectiva del paciente en el final de la vida, siendo por lo tanto su uso obligatorio.

“En la medicina moderna van teniendo auge los llamados cuidados paliativos, destinados a hacer más soportables el sufrimiento en la fase final de la enfermedad y, al mismo tiempo asegurar al paciente un acompañamiento humano adecuado.” [11]

8) ¿Es lícita la implementación de fármacos aun cuando éstos puedan conllevar a la  aparición de complicaciones?
La indicación de terapias se debería realizar de acuerdo al principio de proporcionalidad terapéutica. Si el médico tiene por objetivo el tratamiento del síntoma y no busca intencionalmente una complicación o incluso la muerte del enfermo el proceder es lícito

“En este contexto aparece, entre otros, el problema de la licitud del recurso a los diversos tipos de analgésicos y sedantes para aliviar el dolor del enfermo, cuando esto comporta el riesgo de acortarle la vidaEn efecto, en este caso no se quiere ni se busca la muerte, aunque por motivos razonables se corra ese riesgo. Simplemente se pretende mitigar el dolor de manera eficaz, recurriendo a los analgésicos puestos a disposición por la medicina. Sin embargo, no es lícito privar al moribundo de la conciencia propia sin grave motivo.”[12]

9) ¿Es lícito el retiro de la alimentación y la hidratación?

Como ya se ha explicado los recursos deben ser proporcionados a la realidad clínica del paciente. La alimentación y la hidratación son recursos naturales que tienen por fin aliviar el sufrimiento del paciente al mitigar la sed y el hambre.
En la medida que se busque este fin es obligatoria su administración. Por supuesto, ya avanzada la enfermedad y encontrándose el paciente en un estado de agonía y muerte inminente el uso de este medio natural puede ser reevaluado.

10) ¿Cómo se puede definir a la muerte?

Se puede utilizar la definición dada por San Juan Pablo II en el mensaje a los participantes de la Pontificia Academia de las Ciencias en diciembre de 1989:
“La muerte se produce cuando el principio espiritual que constituye la unidad de la persona no puede ya ejercer sus funciones sobre el organismo y en el organismo; disociándose sus elementos por ellos mismos.” [13]

11) ¿Qué se entiende por “bien morir”?

Significa vivir bien, incluso la propia muerte.
“La cultura actual tiende a apropiarse del hombre, lo confina a un establecimiento sanitario, lo instrumenta, lo despersonaliza, lo aísla socialmente y finalmente, se adueña hasta de su propia muerte. La minimiza casi hasta ocultarla. La torna aséptica e institucionalizada y el hombre muriente pasa a ser el objeto ideal de lo que el Papa Juan Pablo II llamó cultura de la muerte. Esta forma de negar y ocultar la muerte, es una manifestación más, de lo paradójica que es nuestra sociedad, que por un lado la pide sin la más mínima consideración para seres humanos inocentes y por otro lado, le teme y la torna desaparecida.
El hombre debiera morir en libertad, con la convicción profunda de la autodeterminación en el sentido de su bien en todos los momentos de su vida. Esto significa vivir bien, incluso la propia muerte. Ser vivida en libertad, para poder desprenderse y desapegarse de lo que hasta entonces era, con un corazón nuevo y fortalecido por la esperanza. Todo lo anteriormente expuesto, son interpretaciones que tienen por objetivo humanizar las últimas etapas de la vida y el instante de la muerte misma. Pero la muerte tiene una significancia mayor y es el de la entrega. Es la posibilidad del hombre de la donación total de sí. Es el tiempo de la entrega del don más valioso que posee: su alma espiritual. Y ese es un trabajo intransferible, un último esfuerzo que sólo el propio hombre puede realizar”. [14]

  1. Cultivar la derrota: la eutanasia

“Entonces les dijo: Mi alma siente una tristeza de muerte. Quédense aquí velando conmigo. Y adelantándose un poco, cayó con el rostro en tierra, orando así: Padre mío, si es posible, que pase lejos de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.” (Mt 26,38-39)
“La vida humana es sagrada porque es la vida de una persona. Si tuviéramos que establecer la esencia de la persona, aquello que universalmente la define, diríamos que está dada por la  sustancialidad de la unión del cuerpo y el alma espiritual, la individualidad y la racionalidad. La dignidad de la persona humana se basa en esa sustancialidad, en esa unión especial y profunda de naturaleza racional y espiritual. Para toda persona que naturalmente se oriente al bien, este es un motivo suficiente para respetar la vida y la integridad humana. Desde la fe, la dignidad humana tiene una dimensión mayor y es el vínculo de origen y de fin que la une con su Creador. La dignidad humana, es por lo tanto, inherente a la persona humana, y es un bien intransferible e inamovible. Ningún hombre la puede otorgar como tampoco la puede quitar. Sí, está en nosotros, la posibilidad de resignificarla. Y justamente la revalorizamos, cuando a través del amor, nos constituimos en entrega: el don es el sí mismo.

La dignidad humana se expresa a través del respeto a la vida y a la integridad de la persona y no existen notas circunstanciales, que habiliten a la supresión de la vida de ninguna persona. La situación de particular fragilidad y de enfermedad del hombre, cuando se encuentra gravemente afectado, nos convoca a brindarle un cuidado asistencial adecuado y a constituirnos en sus custodios solidarios.

¿Es lícito que el paciente solicite la supresión de su vida?
Siempre es un atentado a la dignidad humana la supresión intencional de la vida de una persona, independientemente de su estado de salud. Por lo tanto, es ilícito en forma absoluta, por más que el propio paciente lo solicite argumentando el ejercicio de su autonomía.

La vida es un don de Dios, y nadie puede disponer de ella, ni siquiera el propio paciente. En realidad, el ejercicio verdadero de la libertad por parte de la persona del paciente, consiste en una autorrealización en el sentido de su bien integral y no en la propia aniquilación del yo. El sentirse en soledad y en situación de abandono lo hunde en el pedido desesperado de “dejar pasar el cáliz”, de eliminar a toda costa el dolor moral, aunque ello implique la supresión, y si se puede hasta rápida, de su propia vida. Nos ponemos en su lugar y lo comprendemos, porque hemos visto cómo el dolor del alma puede llegar a ser tan profundo, que remeda a la “tristeza de muerte”. Pero hagamos un esfuerzo y no nos quedemos pegados al dolor, arraiguemos nuestro corazón en la entrega: Jesús habla con su Padre y por amor hacia Él se entrega. Es el Amor de su entrega, en la  humildad y la humillación de una cruz,  con el que  Cristo vence a la muerte.

¿Es lícito por parte del estado autorizar la supresión de la vida de personas enfermas?
La base de un estado democrático es el respeto de la dignidad humana de todos sus ciudadanos, independientemente de su condición de salud. Todos somos iguales en dignidad, y el estado debe ser garante y custodio activo de la vida humana en todas sus fases y situaciones. Cuando el ser humano es discriminado arbitrariamente y su vida es aniquilada argumentando que es no deseada, que es dolorosa, que es gravosa, estamos en presencia de la muerte de la libertad y de la democracia. No, no es lícita la supresión de vidas humanas inocentes y particularmente vulnerables, pero que desde el mismo estado se la ampare es de una gravedad inusitada y en ese acto de desvalorización extrema toda la humanidad es herida.

¿Es lícito por parte de los profesionales de los equipos de salud solicitar bajo el pedido de eutanasia la supresión de una vida humana en la etapa final, con el argumento de evitar el sufrimiento?
Es un atentado directo a la dignidad humana siendo ilícito en todas las consideraciones posibles. Es además agravante por el hecho de ser los médicos, los convocados a ser los ministros de salud y en quienes el paciente ha depositado su confianza, los encargados de su implementación. La relación médico-paciente signada por la confianza se rompe, y el depositario de la misión de cuidar, curar, contener, se transforma en un emisario de la cultura de la muerte. La Eutanasia es contraria a la esencia de la Medicina, cuyo marco ético referencial para la realización de procedimientos, debe ser siempre el respeto a la dignidad humana y su expresión que es la defensa de la vida. Hagamos lo que hagamos, la dignidad es inherente y está inscripta en la naturaleza humana por su vínculo creacional, nunca la perdemos. Aceptar la cultura que promueve la eutanasia  es adoptar como valor la derrota y es cultivar el fracaso en la re-significación de la propia dignidad. Y ésta, es una tarea que sí, tendríamos que hacer por nosotros mismos.

Es el fracaso del hombre enfermo, llamado a trascenderse a través del dolor y al mismo tiempo, es la derrota de todos los intervinientes en su revalorización como persona y posibilidad de trascendencia. Si en última instancia, lo que se argumenta es calmar el dolor y el sufrir: ¿podemos vencer al sufrimiento con la muerte del paciente?” [15]

  1. Dolor y trascendencia

           La muerte forma parte de la vida del ser humano y el paciente es su principal protagonista. Es un tiempo de reencuentro, reconciliación y una nueva posibilidad de resignificar la propia dignidad. Se puede crecer y trascender a través del sufrimiento; por lo tanto, no es un tiempo vacío que convenga finalizar lo antes posible. Al contrario, es una etapa de la vida que merece ser vivida mientras se reciben los cuidados que por derecho corresponden.
Por alguna razón la sociedad desarrollada le dio la espalda a la persona en el final de la vida y tiende a apropiarse de ese tiempo tan valioso de crecimiento. Llegado a este punto, cabría reflexionar acerca de la formación médica y preguntarse: ¿están los médicos realmente formados para asistir adecuadamente a la persona enferma, acompañarla y sostenerla?  

  1.  Medicina y re-significación

La medicina es directamente interpelada al realizar el abordaje terapéutico de personas enfermas en la etapa final de la vida.
Surge necesariamente la pregunta:
¿Que ven los médicos cuando miran al hombre enfermo?
¿Ven a un ser humano que tiene derecho al bien morir?
¿Ven a una persona a la cual correspondería servir teniendo en cuenta su realidad integral?
¿Pueden ver a una persona creada con un fin trascendente a imagen y semejanza de Dios?
O por el contrario, ¿tienen del paciente una visión deshumanizada, que se limita a descubrir en el otro tan sólo un objeto de uso instrumental?
En función de la mirada que el médico tenga sobre la persona del enfermo será la medicina que le brindará. Esa medicina a su vez le otorgará identidad al médico y le permitirá o no su re-significación personal.

“La fragilidad, el dolor y la enfermedad son una dura prueba para todos, también para el personal médico, son un llamado a la paciencia, al padecer-con; por ello no se puede ceder a la tentación funcionalista de aplicar soluciones rápidas y drásticas, movidos por una falsa compasión o por meros criterios de eficiencia y ahorro económico. Está en juego la dignidad de la vida humana; está en juego la dignidad de la vocación médica”. [16]

  1. Reflexiones conclusivas

 

Se argumenta que el objetivo de la eutanasia es aliviar el sufrimiento y en realidad esto es en sí un fin bueno. O acaso, ¿alguien del equipo de salud puede desear el dolor de un ser humano confiado a su cuidado?

El problema estriba en que intencionalmente se busca la muerte de la persona enferma. Bajo la pretensión de esgrimir una intención buena se esconde una voluntad de poder del hombre sobre el hombre. Si hay algo que la eutanasia no es,  es justamente amor. Al contrario, lo único que está en juego es el poder que, haciendo un ejercicio de vacío de culpa, toma la vida del sufriente.
Se fundamenta en contra de la eutanasia, que ningún fin justifica los medios, que se niega la sacralidad del don de la vida, que se desconoce la dignidad humana, que el hombre en esta escalada de desvalorización pasa a ser algo así como un objeto.

En medio de esta lucha de intereses el médico sufre la misma desvalorización que su paciente y desde el poder se le pide que no piense, que sea tan sólo un instrumento técnico y que cumpla con los intereses que están en juego.

Por el contrario, desde la vocación médica se le exige fidelidad a su esencia, que cuide la vida del enfermo, que lo acompañe y reconforte.

Ante una situación cultural en la que desde el poder se trata de imponer el criterio de  que es lícito y piadoso tomar la vida de los más vulnerables, ¿qué tendría que pedir para sí el medico? O dicho de otra forma, ¿con qué herramienta se afronta a este autoritarismo?

El médico debe ser capaz de pedir para sí la gracia de ver en profundidad y de adquirir  una mirada verdaderamente penetrante que sea capaz de captar lo sobrenatural en medio del trabajo cotidiano. Cuando se llega a ese punto de profundidad espiritual en que la persona se encuentra a sí misma, se conoce y entiende que no es Dios para decidir sobre la vida del otro, se comienza una etapa de reconocimiento del otro. Se descubre todo el valor que Dios ha depositado en ese ser abierto a la trascendencia y que ahora se encuentra necesitado de cuidados. Entonces el médico puede llegar a comprender  que no es nada más ni nada menos que un humilde servidor. Y eso justamente es ser médico.

Bibliografía
[1] Sgreccia Elio. Manual de Bioética I. Fundamentos y ética biomédica. 4° Edición. Madrid. BAC, 2007, cap.15, pág. 855.

[2] Sgreccia Elio. Ibidem, cap. 15, pág. 852.

[3] Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Iura et bona sobre la eutanasia (5 de mayo de 1980): cap. II. www.vatican.va
[4] Francisco. Discurso del Santo Padre Francisco a una representación de médicos españoles y latinoamericanos. Sala Clementina. 9 de junio de 2016. www.vatican.va
[5] Juan Pablo II. Carta Encíclica Evangelium vitae sobre el valor y el carácter inviolable de la vida humana (25 de marzo de 1995). Editorial San Pablo (1995), cap. III: 87, pág. 157-158.

[6] Sgreccia Elio. Manual de Bioética I. Fundamentos y ética biomédica. 4° Edición. Madrid. BAC, 2007, cap. 15, pág. 714.

[7] Juan Pablo II. Carta Encíclica Evangelium vitae sobre el valor y el carácter inviolable de la vida humana (25 de marzo de 1995).Editorial San Pablo (1995), cap. I: 19, pág. 35.

[8] Benedicto XVI. Discurso a los participantes de la Asamblea General de la Pontificia Academia para la Vida y al Congreso Internacional sobre: “El embrión humano en la fase de la preimplantación” (27 de febrero de 2006). L’ Osservatore Romano, edición en lengua española, 3 de marzo de 2006, pág. 4.

[9] Juan Pablo II. Mensaje del Santo Padre para la VIII Jornada Mundial del enfermo. El jubileo nos invita a contemplar el rostro de Jesús Divino Samaritano de las almas y de los cuerpos.  Castelgandolfo (6 de agosto de 1999): 13. Fiesta de la transfiguración del Señor. www.vatican.va

[10] Juan Pablo II. Ibidem, cap. III: 65, pág.118.

[11] Juan Pablo II. Ibidem, cap. III: 65, pág. 119.

[12] Juan Pablo II. Ibidem, cap. III: 65, pág. 119.

[13] Juan Pablo II. Mensaje a los participantes del congreso de la Pontificia Academia de las Ciencias sobre: Determinación del momento de la muerte (14 de diciembre de 1989). L’ Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, 1999, pág. 9.

[14] Passo Elena. Ser uno en el dolor. Acerca de la dignidad humana y la proporcionalidad en los cuidados. Buenos Aires  (2011). 2° Edición. Editorial Santa María (2014), cap. III, pág. 53-54.

[15] Passo Elena. Ibidem, cap. IV, pág. 59-62.
[16] Francisco. Discurso del Santo Padre Francisco a una representación de médicos españoles y latinoamericanos. Sala Clementina. 9 de junio de 2016. www.vatican.va

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Sugerimos el siguiente modo de citar, que contiene los datos editoriales necesarios para la atribución de la obra a sus autores y su consulta, tal y como se encontraba en la red en el momento en que fue consultada:

Passo, Elena R., EUTANASIA Cuando el supuesto es el fin bueno , en García, José Juan (director): Enciclopedia de Bioética, URL:http://www.enciclopediadebioetica.com/index.php/todas-las-voces/285-eutanasia-cuando-el-supuesto-es-el-fin-bueno

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